Cartas de don Claudio Arrau a su madre y una entrevista días antes de su muerte
* Londres, 1919. Carta a su madre
* Arrau le escribe a su madre desde Buenos Aires en 1928
* A bordo del barco "Orinoco", en 1933, el pianista escribe a su madre
* Carta de Matilde Urrutia, viuda de Pablo Neruda, a Arrau
* La última entrevista. Fue publicada en Le Nouvel Observateur el 6 de junio de 1991, tres días antes de su muerte
* Artículo de revista Selecta publicado en 1909
* Artículo publicado por revista Zig-Zag en 1916
Londres, 13.11.19
Querido Vicho:
La cuestión de los trenes en Alemania me ha desagradado mucho, porque eso de andar cambiando a cada rato los conciertos es algo terrible!
En fin, aquí me han dicho que mientras mas me quedé mejor. Estoy pasando una vida de millonario: tengo mi sirviente especial que me hace todo; no ando mas que en auto, cada noche al teatro, puedo estudiar con toda tranquilidad. El sábado fue la segunda recepción: habían 200 personas, nunca en mi vida he creído que hubieran tantas joyas, la señora Olga llevaba una corona que le tapaba toda la cabeza de brillantes! Todo el público, que se componía de Duquesas i Condesas inglesas, estaba muy entusiasmado conmigo!
Mañana talvez voy a conocer al primer empresario de aquí, puede ser que me contrate! Ayer estuvimos en un concierto del mas grande pianista francés: espantoso, tocaba tan duro que nos dolían los oídos! Anteanoche estuvimos en un baile de fantasía por el aniversario del armisticio; habían mas de 10.000 personas disfrazadas, nosotros también!
Yo llegaré como el 19 a allá, de todos modos telegrafiaré! Muchos abrazos para la Celina, Quecha, Leo i tu!.
El hijo chico
NOTAS:
1 "Vicho" o "Vichita" eran algunas de las formas en que Claudio Arrau llamaba a su madre.
2 Esta carta está transcrita textualmente, conservando la ortografía de la época (i en lugar de y, etc.).
Buenos Aires, 7 de mayo de 1928
Mi querida chinita:
...Aquí pasa una cosa muy rara que nadie se explica; el público no aumenta a pesar de los éxitos cada vez más grandes y prensa maravillosa. Algunos creen que es el prejuicio de la gente porque soy chileno (es decir sud-americano). Hoy he vuelto de Montevideo donde dí mis dos conciertos de despedida con un público delirante!... Se me olvidaba contarte otra cosa: la Empresa Daniel pidió al Gobierno de Chile una subvención para llevar a Claudio Arrau a Chile, que fué concedida; una suma de 10.000 pesos chilenos! Parece que están muy generosos.
Bueno chinita, ya no tengo más novedades. Muy luego volveré a escribir.
Muchos cariños y todo el afecto de tu hijo
Claudio
NOTA: Esta carta está transcrita textualmente, conservando la ortografía de la época
A bordo del barco "Orinoco"
4-X-33
Chinita querida:
Mañana temprano llegaremos a La Habana con un día de atraso. Hemos tenido que hacer un desvío enorme hacia el Sur para evitar de meternos a un ciclón espantoso que nos venía al encuentro! En fin ya pasó el peligro. Por lo demás el viaje ha sido maravilloso: unos días de sol magníficos. Solamente al frente de las Islas Azores tuvimos un día de tempestad: unas olas que parecían montañas! Un espectáculo aterrador pero grandioso. Yo fui una de las pocas personas que no se marearon. Estoy tan quemado que parezco un negro y el pelo se me ha puesto rubio dorado. Me siento fuerte y sano y con los nervios muy tranquilos. Amistades no he hecho ninguna fuera del compañero de mesa mejicano que ha resultado muy simpático y entretenido. He leído y descansado mucho. La demás gente ha estado muy animada, han organizado grandes fiestas en las cuales yo casi no he tomado parte. Me acuesto a las 10 y me levanto a las 6 o 61/2, despertando solo a esa hora. Que te parece?
Ahora vamos costeando toda la Isla de Cuba. Ayer pasamos por la isla Guanahani que fue la primera tierra que vio Colón en el descubrimiento de América! Cómo están Uds.? Ojalá no tengan novedades desagradables. Se me olvidaba agradecerles el telegrama a Vigo que me alegró mucho. Hasta luego y muchos abrazos y cariños de tu hijo que te lleva en el corazón
Claudio
Santiago, 14 de abril, 1984
Querido Claudio:
No sé si hago bien o mal en mandar esta carta, pero sé que se la mando al gran Maestro, al gran amigo y ese amigo sabrá comprender la buena intención que me anima.
Hoy se ha dado en Chile la noticia oficial que Ud. viene a este, su país, que por tantos años lo ha esperado. Desgraciadamente, viene en un momento de gran tensión. Nunca hemos estado bajo una tiranía tan pesada, tan despiadada, como en este tiempo. Toda la violencia represiva ha recrudecido porque el pueblo ha perdido el miedo y sale a la calle a protestar por sus derechos que le han sido arrebatados.
La prensa derechista ya está tomando esta visita suya como una ayuda al gobierno, para que se conozca la imagen que ellos quieren dar en el exterior. La visita suya, Claudio, será utilizada, es una pena. Tenemos tantos deseos de tenerlo con nosotros, de oírlo, de sentirlo.
Tienen anunciado un concierto popular, este concierto popular será en el Municipal, nunca el pueblo ha ido al Municipal, ¿por qué no hacerlo en el Caupolicán? Ese sí que sería popular.
Ud. va a encontrar un país hermoso, nunca se ha visto gente más rica en Chile que ahora, el hambreamiento del pueblo enriqueció a muchos. Verá hermosas calles, hermosos jardines, pero ojalá se asome a una población. Yo le aseguro, Claudio, que yo voy muy seguido a ellas y cada vez salgo llorando.
De todas maneras, Claudio, si Ud. llega por acá, le deseo lo mejor que pueda brindarle su país.
Reciba un abrazo con todo mi cariño para Ud. y su familia.
Matilde Urrutia
*Entrevista publicada por el periodista francés Jacques Drillon en la revista Le Nouvel Observateur el 6 de junio de 1991, tres días antes de la muerte de Claudio Arrau.
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¿Dónde vive usted actualmente? ¿Siempre en Long Island?
Sí. Estuve a punto de partir a España, donde tenía previsto retirarme; pero no estoy seguro de querer hacerlo realmente... Quiero, eso sí, disminuir el número de conciertos que realizo y favorecer las grabaciones, que fatigan menos y permiten realizar todas las correcciones que se deseen. En un concierto, las cosas suceden una sola vez, y en realidad esa es su virtud, ¡pero muy a menudo quisiéramos haber tocado en forma diferente!
Usted ha sido sin lugar a dudas el pianista más activo de toda la historia. Un crítico comentó que en 1960, en Estados Unidos, realizó diecisiete recitales en veintidós días, y diecinueve "concertos" en tres conciertos, y todo Bach en doce sesiones.
Es verdad. Pero mi vida personal ha sufrido mucho en el último tiempo: murió mi mujer, también uno de mis hijos, y eso me sumergió en una especie de letargo. He tenido ganas de alejarme de todo... Pero ahora estoy mejor. Siento que estoy retornando al mundo poquito a poco.
¿Cómo está su salud?
¡Excelente!, como siempre. Nunca un problema, nunca un concierto anulado o postergado por alguna enfermedad... Por superstición no me gusta decir que desde la infancia no me enfermo, pero hay que admitirlo, ¿no es verdad?
Me dijeron que su madre había muerto a una edad muy avanzada: 99 años.
Ciento cuatro exactamente..., hemos encontrado papeles que lo comprueban. La dama se rejuvenecía un poco... Mi hermana murió a los noventa y seis años ¡y mi abuela a los ciento veinte!
Espera lo mismo para usted?
No me atrevería...
¿Se siente solo actualmente?
Sí. Es decir, más bien solitario.
En su libro "Conversaciones con Arrau", que es uno de los más bellos que existen sobre la música, usted dijo que Martín Krause, el último alumno de Liszt, (de quien fue su pupilo en Berlín) había respetado su "talento natural".
La relación era maravillosa; era como un padre para mí, yo casi no conocí al mío y no sabía lo que significaba tener uno. Llegaba a su casa en la mañana y regresaba a mi hogar en la tarde: mi madre vivía a dos pasos. Krause respetaba la personalidad de sus alumnos. En cuanto a mí, tenía sólo ocho años cuando llegué a Berlín y ya me sentaba bien frente al piano, con naturalidad, como duerme un gato. Lo que él me enseñó, por su parte, fue a dejar actuar el peso del cuerpo, de la espalda, de los músculos. El me encontraba muy débil y me hacía comer constantemente: cinco o seis veces por día. También me enseñó a ser independiente; tuve, por ejemplo, mi propio trío de música de cámara durante mucho tiempo. Toqué muchas veces con Casals, Szigeti (gran violinista húngaro), del que aprendí mucho, y también de ese violinista inglés, gordo, que me gustaba tanto y del que olvido siempre el nombre...
¿Y de otros pianistas? ¿Rachmáninov?
No
Horowitz.
¡Oh no!
¿Schnabel?
Quizás un poco, escuchándolo. También aprendí bastante de Busoni, cuando era muy joven: me llevaban a sus conciertos. Hay otra latinoamericana que me marcó mucho: Teresa Carreño, la pianista más grande que escuché jamás, una sonoridad sublime, una potencia increíble... tenía una fuerza tremenda, pero era bella, serena, resplandeciente.
Usted vivió rodeado de mujeres: su madre, su hermana, su tía y las hijas de Krause, que me parece que eran cuatro o cinco, ¿no es verdad?
Creo que tenía siete. Dos eran cantantes, y su único hijo hombre también cantaba. Cierto, tuve toda una colección de madres. Eso me gustó por un tiempo.
¿Cree usted que este "entorno femenino" influyó en su carácter, tornándolo más débil?
Dulce me parece más apropiado. Ellas me transformaron en un ser gentil, en una persona deseosa de ser agradable y de seducir. Reconozco que más tarde esto me trajo complicaciones. Me resultó difícil aprender a ser hombre duro y a desagradar a ciertas personas.
Se dice que usted no se acuerda del momento en que aprendió a leer música, ¿es verdad?
Sí. Mi madre tocaba piano y tenía muchos alumnos. Yo escuchaba las lecciones y un día pude leer la música, mucho antes de conocer las palabras. Pero mi madre creía que cuatro años eran muy pocos para comenzar con el piano. Eso sucedía en Chile, donde regresé hace algunos años, después de diecisiete de ausencia. Me recibieron muy bien, fue emocionante, pero siento que mi verdadero país es Alemania; mi lengua materna es la alemana. Es por eso que me emocionó tanto la destrucción del Muro; ¡la primera revolución de la historia en la que no corrió sangre! En la época en que yo vivía en Berlín esa era una ciudad que se podía comparar con la Florencia del Renacimiento: el verdadero centro mundial de la cultura. Cuatro óperas, grandes maestros, danza moderna, con Mary Wigman, el teatro de Max Reinhardt... Desgraciadamente se vino a bajo en sólo seis meses, cuando Hitler llegó al poder. Fue espantoso.
Su madre estaba muy presente en ese momento.
Ella y la música formaban una sola cosa. Era una madre muy inteligente que no se interponía nunca entre el mundo y yo, como sucede a menudo con los niños prodigios. Tenía un sentido maravilloso acerca de lo que creía que debía hacer. Puso todo su empeño en proteger el talento que creía ver en mí. Admitía muy a gusto la presencia de Krause como mi guía.
Usted tenía quince años cuando él murió; ¿qué hizo entonces su madre?
Dejó que mi espíritu se desarrollara.
Pero fue un choque emocional muy fuerte para usted; lo bloqueó, le impidió seguir tocando. Tuvo que comenzar un tratamiento de psicoanálisis con Abrahamson. ¿Cómo reaccionó ella?
Estaba de acuerdo. Yo estaba en una fase absolutamente crítica. Durante cinco años todo se detuvo, hasta que llegué a los veinte. Mi problema era que antes de tocar había que tener ganas de hacerlo, y sobre todo frente a miles de personas; y un niño no tiene ganas de eso. Todos los intérpretes deberían acudir al psicoanálisis: esta materia engendra conflictos.
¿Cree usted que las cosas desaparecen en la música?, ¿que el estilo de Horowitz murió con él?
Lo pienso así. La primera vez que lo escuché, hace muchos años, venía llegando de Rusia. Qué impresión produjo, qué temperamento volcánico. Era el más interesante de todos, desde el punto de vista de la interpretación de la música romántica. Después.... hum, otra víctima del comercio. Debería callarme: él está muerto.
¿Usted se siente un romántico? ¿Es tan fiel a los textos?
Sí. Las dos cosas no se excluyen. Sería bueno ser un poco más fiel a los textos hoy en día. Evidentemente eso sólo trae pocos aplausos y no acelera la carrera de un artista.
Y en relación a sus grabaciones
Debería intentarlo con Bach; lo siento menos severo que antes. Es como las sonatas de Beethoven que reinterpreto en estos momentos. Beethoven requiere de una larga, larga reflexión; Schubert también, con su música que amo tanto. En cuanto a Liszt, es menos profundo que los otros dos, pero tiene una fuerza vital prodigiosa. Grabé hace poco tiempo un disco entero de Schubert. Quiero tocar también a Meendelshon, magnífico compositor postergado por razones imbeciles de simple y puro antisemitismo. Haré también los estudios de Debussy, y Haydn también, un compositor apasionante. Creo que por fin encontré el estilo que necesita. Escuché...
¿Glenn Gould?
Exactamente. Gould encontró el camino. Haydn se ubica entre Mozart y Beethoven, tan extraño, tan diferente y con un humor tan sano. Es el único compositor que sabe ser divertido. En realidad, divertido no, no exageremos, la música no se hizo para hacer reír.
¿Cómo emplea su tiempo?
Me acuesto y me levanto muy temprano. De esa forma tengo tiempo para leer y estudiar. Trabajo mucho las obras que debo interpretar.
¿Qué está leyendo en estos momentos?
Veo sobre su escritorio libros ingleses, franceses, alemanes... Una biografía francesa de Alejandro II, el zar que liberó a los esclavos. Estoy leyendo también una obra sobre la Unión Soviética de Gorbachov. Olvidé decirle que también quería hacer grabaciones sobre la música de Schöemberg; fui el primero en interpretarlo en conciertos. Su música me ha entusiasmado siempre, y también la novedad de su mundo sonoro.
Revista Selecta, noviembre de 1909
El Mozart chileno: Claudio Arrau León
Me parece sentir que algo canta dentro de mi alma. Mientras ese niño realiza sus prodigios en el piano, creo oír una voz misteriosa que murmura en mi oído anunciándome en Claudio Arrau León uno de esos seres privilegiados en quienes la naturaleza derrama sus dones y ante quién el mundo se inclinará como en presencia de un genio.
Por Antonio Orrego Barros
Aquella alegría con que miraba orgulloso, como artista y como chileno, revelarse ese prodigio en nuestra tierra, flotaba ese soplo melancólico de pesimismo que cada día se arraiga en mí mas hondamente. ¡El mundo tuerce rumbos, se pierden y malogran las condiciones artísticas, se olvidan y menosprecian los dones del alma!. (...)
No sé si era aquel niños entado al piano ó las armonías de Beethoven quienes me traían estas brumas, pero ante el prodigio era lo que pensaba.
Y aquel niño lo reúne todo. fino, distinguido, buenmozo, de pelo revuelto y ojos pensadores, sin perder la frescura y el candor del niño que goza con los juguetes y se deleita con los dulces, lleva en su mirada la expresión intensa y luminosa del que tiene la facultad de penetrar los arcanos del arte.
Pasa, con la misma naturalidad de los dulces al piano que del piano á los dulces. Asombra, pero no espanta; se siente el prodigio pero no se ve el fenómeno. Siempre es un niño, siempre se le encuentra niño, aún tocando: casi llegamos á creer de que el piano es un juguete infantil. Pero es un niño que atrae con su mirada, que despierta interés con sus movimientos: es niño en que se adivina algo.
Vestido de blanco, sentado al piano, con su cabellera revuelta y sus ojos clavados en la música, era para mí algo como una evocación de Mozart.
Su ejecución no era lo que más me sorprendía en él. Me asombraba ese instinto del arte, el que ese niño se abstrayera encantado con las profundas armonías de Beethoven, colocándolas sobre toda música; en esas armonías que él no podía comprender en su corazón de niño, pues hablan de las grandes pasiones del corazón del hombre, emociones, sentimientos y dolores que en sus cortos años aún no puede sospechar, pero que adivina, siente y comprende con esa clarividencia del arte en los artistas.(...)
Lo que más agrada á ese niño no es lucirse ejecutando correctamente los trozos musicales que ya conoce, sino, por el contrario, tocar á primera vista. Cada vez que cae á sus manos algún autor de valía, ó de algún trozo para él desconocido de sus predilectos Beethoven, Mozart o Liszt, es difícil conseguir retirarlo del piano.
Nos contaba su madre que á los cuatro años recibió algunas piezas de Mozart, Beethoven y Liszt y fue tal su entusiasmo que se vio en la necesidad de darle de comer en el piano, pues fue imposible conseguir que dejara de tocar.
En aquella velada en que se revelaba ante nosotros, cayó á sus manos, por primera vez, música de Bach. El maestro lo atrajo y era de admirar los esfuerzos de aquel niño para vencer no sólo todas las dificultades de aquellas obras de ejecución casi imposible, sino que todavía la dificultad de su mano que no alcanza á la octava, lo que á menudo lo obliga á usar de su izquierda para completar un acorde.
Oí decir a mis espaldas:
- ¡Por Dios! Sí este niñito está tocando á primera vista esta pieza en que he llegado á llorar estudiándola, sin conseguirlo...Miren...Fíjense como toca eso...continuaba con entusiasmo.
¡Y la que hablaba era una gran ejecutante!
Mi vecino le abre un libro de música, se lo pone ante los ojos y le pregunta:
-¿Qué es esto?
Claudito mira, le brillan los ojos y exclama:
- Esto es Beethoven
Sigue entusiasmado dando vueltas las páginas del libro; en un grupo de hojas pasa un título y cambia el autor.
El lo nota al mirar aquellos signos que, para un lego en la materia, parecen hacer morisquetas sobre la pauta, y dice:
- Esto es Liszt.
- ¿Por qué?
- Porque Liszt es así, contesta sencillamente.
Y tenía razón: era Liszt
Vive este niño en una comunidad tan íntima con los grandes maestros del arte, como la intimidad en que vivimos en el seno de nuestra familia. Para saber quien ha pasado ó quien habla, nos basta oír el ruido de los pasos, ó el eco de la vos. A él le bastan unos cuantos acordes para distinguir á los músicos.
- ¡Quiere que transponga esta pieza, mamá? le dice á su madre en secreto.
Ella trata de disuadirlo, él insiste, como un niño que pide permiso para jugar: accede su madre y él se sienta al piano y transpone á otro tono una pieza musical entera. ¡Era una entretención nueva para él!.
Dos días atrás, por primera vez, se le había pedido que transpusiera, en un examen á que lo sometieron nuestros músico Paoli y Guardia, examen del cual salió airoso, dejando sorprendidos á esos maestros de la música.
Aún nos reservaba una sorpresa aquel niño. En el deseo de comer dulces se retiró del piano y, entre confite y confite, tocábanle acordes hasta de diez notas, acordes que él, de espaldas a la música, nombraba con toda precisión, nota por nota, sin hacer gala de erudición, como quien nombra objetos conocidos.
¿desde cuando se había revelado el arte en ese niño? Pregunta ociosa si se quiere, pero que todos le dirigíamos a su madre.
- Desde los dos años, nos respondía.
Cuando tenía dos años ya conocía y distinguía a Beethoven entre todos los maestros.
- ¡Qué bonito eso!...Toque...le decía á su madre, cuando la oía tocar armonías del músico de Bonn, del sordo trágico.
Luego, esa música, honda revelación de los misterios del corazón del hombre, envolvió en su melancólica bruma á esa alma infantil. Claudito se aprendió de memoria la biografía de Beethoven, y exclamaba conmovido:
- ¡Pobre Beethoven... no podía oír!
Ya entonces distinguía á los maestros del vulgo y apenas su madre ejecutaba al piano piezas de autores de poca valía, él se retiraba exclamando:
- Eso no, mamá, eso es feo.
A los cuatro años confundía á su madre á preguntas sobre el valor y significado de los signos de escritura musical y cuando la cansaba seguía con su hermanita mayor, quien le explicaba con la paciencia que tienen los niños para con los niños. Así aprendió la teoría.
En su anhelo de saber tocar, copiaba los trozos musicales de los maestros, los repetía de memoria y terminaba por aprenderlos á leer y á tocar.
Así se explica que á los cinco años tocara ya en Chillán, su ciudad natal, en un concierto de caridad, música de Beethoven, de Mozart y de Liszt, sus predilectos, y que a los seis años, su edad actual, pues nació el 6 de febrero de 1903, haya alcanzado lo que á sus años era el patrimonio de Mozart, asombro del mundo: á poder ejecutar esos prodigios que hemos presenciado con ese anhelo y temor que se siente ante lo extraordinario.
Todos decíamos fríamente "este es un genio" con ese hielo tan propio de nuestro carácter nacional apático y frío; y lo decíamos casi para nosotros mismos en el temor del ridículo de parecer exagerados.
Y genio lo llamamos en el calor del hogar, genio se le llamó en la velada musical y genio, aunque sin pronunciar la palabra, lo juzgaron en los salones del palacio de la Moneda á donde llegó sin ruido de fanfarria y de donde salió, después de revelar ante S.E el Presidente de la República y algunos miembros del Cuerpo Diplomático, el prodigio de su extraordinaria precocidad que fue el atractivo y el asombro de aquella reunión.
Soro Barriga, ese joven compositor que ya es no sólo honra de Chile sino de América, pudo apreciarlo, aunque de paso y él que también fue un niño precoz, se maravilló de las condiciones de Claudito.(...)
Hoy tenemos ante nosotros un prodigio comparable en sus comienzos a Mozart. Aquella página de historia que tal vez está por escribirse, ¿será de orgullo ó de vergüenza para Chile?. recojamos la lección y honremos a nuestros artistas.
Arrau: el pequeño genio
Artículo publicado por Revista Zig-Zag el 19 de abril de 1916
Claudio Arrau nació artista. A los cuatro años la música de Bach y de Beethoven no guardaban secretos para él. Hoy en día vive en Berlín a la sombra de los grandes maestros del arte musical y su fama se esparce ya por todo el imperio germánico: la prensa de esa nación celebra sus triunfos y hasta los diarios neoyorquinos se expresan de él como del niño prodigio que asombrará al mundo.
Nacido en Chillán el 6 de febrero de 1904, cuenta a la sazón once años; es un niño hermoso, de alba tez, abundante melena rubia y ojos pardos, profundos, de mirar intenso; muy hábil y en extremo amante de los suyos comprende y trata de aminorar con sus ternezas el sacrificio que hace su madre viuda viviendo en tierra extraña y con escasísimos recursos. Los médicos especialistas de niños, siguen con vivo interés su desarrollo cerebral y le han prohibido estudiar. A pesar de ello Claudito posee cuatro idiomas aprendidos con solo escucharlos; también se aficiona a la escultura y sus obras en plasticina son verdaderas miniaturas artísticas. Alegre, risueño, juguetón, al verle retozar cualquiera diría que era un niño inconsciente que, como todos, despierta a la vida. Mas, si se le contempla, en seguida con sus finos dedos sobre el teclado, su fisonomía cambia, se transfigura, irradia; su melenita rubia, agitándose, se esparce sobre su frente, sus labios se entreabren y sus ojos extáticos concentran en sus pupilas, casi negras, extraño fulgor...
Desde su modesto retiro en Berlín, Claudio Arrau prosigue apaciblemente sus estudios bajo la dirección de Herr. Profesor Martín Krause; frecuenta los centros musicales y sueña con asistir a todos los grandes conciertos sin poder realizar muchas veces su deseo por falta de recursos pecuniarios. ¡Oh! si una buena hada, cual madrina cariñosa facilitara a ese niño el camino de su vida! Sí las preocupaciones materiales no perturbaran su carrera artística!.
Y mientras la guerra europea enluta los hogares y siembra la desolación por todas partes, Claudio Arrau, reconocido a la generosa hospitalidad que le brinda Alemania ofrece conciertos a beneficio de los inválidos de la guerra, sirviendo su talento de lenitivo a muchos dolores.
Para dar una idea de cómo se aprecia ya el genio musical de nuestro pequeño compatriota, damos a la publicidad estas líneas tomadas al acaso entre un sinnúmero de periódicos extranjeros:
El "Musical Courier New York", de 20 de enero de 1916, dice así: "En Berlín ha hecho sensación el estreno de un pequeño querubín de once años que demostró ser un pianista consumado, Claudio Arrau, nacido en Santiago de Chile, es un niño prodigio. Su presentación en Kunstlerhaus le proporcionó un triunfo colosal. El tipo del niño chileno no corresponde al de un sud-americano, descendiente de españoles: sus cabellos son rubios, y pardos sus grandes y expresivos ojos. Su talento musical es a la verdad maravilloso. El largo y difícil programa fue ejecutado enteramente de memoria en un piano de teclado normal, venciendo las octavas de la Rapsodia Húngara N°2 de Liszt y otros complicados trozos musicales con una claridad y maestría admirables.
Dura es la época presente, aún para socorrer a los grandes talentos, pero cuando se trata de un genio como Claudio Arrau preciso es ayudarle y sostenerle su brillante carrera. Así lo comprendió el selecto y numeroso auditorio que acudió ayer a su beneficio retirándose mudo de asombro ante tal precocidad".
y el "Vossische Zitung" del 9 de febrero: "Claudio Arrau, el gran artista chileno daba un concierto; y este solo anuncio de un niño de once años, bastó para atraer una concurrencia numerosísima al Palacio de Bellas Artes. Algunos habíanle escuchado antes, otros ansiaban conocerle. Un murmullo de admiración saludó al hermoso niño que avanzó con gran calma hacia el piano ejecutando su dificultoso programa con tan rara habilidad como sí no hubiera hecho otra cosa durante veinte años.
"La limpieza de su técnica, la graduación de los tonos, su indiscutible talento musical sorprenden en grado extremo".

